NENE, VAMOS A TIRARNOS A LAS CALLES.
La vida callejera toca a su fin.
Como una canica, baja las escaleras tomando impulso para caer enérgica a un asfalto que la ve morir exhausta, rebotando cada vez más rapido y parafreseando a Estrechinato y tu, «parece que la tierra le llama»
Gritos de guerra de una generación que parecían estar esculpidos a piedra en los adoquines del centro, se desvanecen como desaparecieron un día los posavasos o los incorruptos vasos de tubo:
¡Vamos a tomarnos algo!
¡Vente y nos echamos unas cañas!
La ultima que me voy
Hoy salimos de tranqui…
Sorprender al amanecer con un cigarrillo y un vaso de tubo de whisky aguado siempre tuvo su aquel (el que tubo, re-tubo, a esta invito yo)
Cerrar bares y abrir cafeterias regando la acera entre dos coches o haciendo indalos contra un muro era de lo más divertido. El bodegón lo solían componer, además del Manneken Pis ya nombrado, otro amigo que sujetaba una farola o ella a él, jurando en arameo y devolviendo a la madre tierra los bienes que ésta le había brindado minutos antes, en forma de canuto de masa horneada con una salchicha dentro. Un tercero sentado en un bordillo, intentaba liar un canuto a modo de cartucho de pescaito de la freiduria las flores, con una boquilla en la oreja y un cliper, dando vida a un fuego fatuo de polen de la «Charo» en la palma de la mano.

Nadie hablaba de sentadillas, de kettlebell, ni siquiera de mancuerna, eran pesas y punto. La unica fuerza de la que se hablaba era la de George Lucas y entrenar sólo lo hacían los equipos de fútbol, el resto hacíamos ejercicio. Eso si, por entonces, sí que se hacían circuitos. En un tablón de marquetería con un par de metros de cable, una pila de petaca y un par de bombillas de 12 voltios eramos los jefes de la corriente continua. Los otros circuitos eran los de Jerez, Montmelo y Jarama y los que había que hacer en educación fisica, si querías aprobar con sobresaliente gimnasia.
Sorprendentemente íbamos en coche a cualquier parte, solo mirando esos cartelitos que hay en las carreteras nacionales con nombres y números y los coches venían de frente por la izquierda.
Si te perdías, te parabas en un bar, pedías una caña con alcohol y le preguntabas al camarero como llegar a tu destino. Si si con alcohol, había que empeñarse muy a fondo para sobrepasar el limite legar, que en los ’90 era de 0’7.
La calle era de todos y lo digo a boca llena. Eramos ruidosos, si los españoles siempre hemos sido ruidosos y parlanchines.
El codo de un parroquiano que tocaba tu codo en la barra de un bar, era una señal inequivoca de conexión y como en esos circuitos de pila de petaca, se activaba el interruptor de la charla y la palmadita en la espalda y la invitación a otra ronda.
La feria del mediodia era una marabunta maravillosa de personas con ganas de patear Almeria para lucir palmito y encontrarse con los amigos de ambigú en ambigú. Ataviadas con flor y abanico ellas y con sombreros de paja ellos, bajaban el paseo y quedaban a una hora en Simago o en el Circulo Mercantil para organizarse. Ya había moviles, pero los dejabamos en casa. Pesaban mucho y… ¿para que lo querias? Si sabiamos perfectamente donde ibamos a estar. Y si alguien se perdía, un rato después venía con buenas historas que contar… o con compañia… Y de ahí al Quinto Toro, a la Plaza de los Burros, o a la de San Pedro, a la Plaza Vieja, sin olvidar el Club Social de Unicaja que tenía una fuente de la que salía Manzanilla… de la de Sanlucar. Cada rincón de la cuidad era susceptible de convertirse en una caseta de culto de repente al año que viene. Era como ir a buscar setas, en un bosque de asfalto caliente.

Los porrones regaban de tinto de verano -hecho de Casera y Viña Laujar- las camisas recien planchadas de ellos y los escotes de ellas, con la mirada golosa de más de uno… y una bota de vino aparecía de vez en cuando de mano en mano como la falsa moneda, para seguir con el cachondeo a tragantadas de vino abocado calentujo.
La plaza del Torreluz tambien tenia su barra, era el Rolls Royce de los puestos callejeros, con su arroz negro y el maravilloso arroz al horno. Además, era el lugar más fresco de toda la feria con un callejón sombrio por el que soplaba el poniente fresquito que era una gloria.
Una vez llenado el buche, estabamos preparados para darlo todo en el centro. Más gente fuera que dentro y las «Cuatro calles» a reventar de gente con ganas de pasárselo bien.
El anuncio de Kas del ’99 era un reflejo de lo que le gustaba a nuestra generación, pasarlo «a tope» y estar juntos a «mogollón»
Un chaval encaramado a un semaforo rodeado de «peña» igual de zumbada que él, jaleaban al semaforo cuando se ponía en ambar venerando al «naranja» ¿porqué? ¡porque sí! Magistral.
Ese anuncio no se iba a ir así de rositas y poco después, en lo que yo he tenido a bien llamar «la última gran feria de Almeria», apareció subido a una farola ni más ni menos que un Spiderman. Pasaba de una farola a un semáforo o a un cartel publicitario como si nada, sostenido por la euforia colectiva que lo matenía en volandas aquella feria demencial. Nunca sabremos de quién se trataba, si de un trapecista de circo en horas bajas o del último loco suelto de los recién cerrados manicomios.
La última gran feria, la que duraba diez días, aquella en la que los camareros te decían «no sueltes el vaso de tubo que no hay más y no tires los hielos que el repartidor no puede pasar a reponer».
Pero como antesala de la feria, estaban las cruces de Mayo. Fiesta pagana por excelencia. Granada era la Meca y Almería se subiría al carro también para disfrutar de otra reunión callejera, tan canalla como urbana.
La excusa: un concurso para hacer una Cruz de claveles con todo tipo de adornos salidos de un rastro y un par de sillas de lunares.
El contexto: ya huele a primavera y hay que celebrarlo.
Los artifices: Cofradías, Hermandades, Asociaciones de vecinos, Colegios e Institutos que veían la oportunidad de poner una barra en un local-cochera o patio vecinal y liarla parda.
Granada era otro cantar. La ciudad era tomada por los estudiantes y todo el casco antiguo se convertía en el paso de los ñus por el Serenguetti. Desde Plaza Einstein hasta el Parque del Principe pasando por la Catedral y Plaza Nueva, las barras y la musica se sucedían al paso de jóvenes ataviados de pañuelos que regalaban con las botellas de Pale-Cream o Pilycrim -la marca más vendida-, un veneno tan rico como peligroso, venido de Montilla para protagonizar las primeras grandes tajadas, sobre todo de las chicas, que como estaba tan dulce, cuando eramos conscientes de que llevábamos al cuello más pañuelos que el bolsillo de un mago, ya era tarde.

Fiestas que echo de menos a mis casi cuarenta y diez, que vivíamos con la intensidad que tiene la luz y el clima de mi tierra que invitan a salir a la calle y a convivir juntos momentos inolvidables. No en vano las fiestas y verbenas han forjado generaciones, el fresco de un patio de verano ha prolongado charlas y jaleo hasta bien entrada la madrugada al son de los grillos y uniendo generaciones.
Que no me quiten la calle…
Que esta noche no me acuesto
que vengo de…



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