¡MI CUÑADO, HACE UN ARROZ… !
Recetas y pócimasHe llegado a pensar que hay en España más recetas de arroces que cuñados y más entendidos que granos de arroz. En lo único que nos ponemos de acuerdo es… en nada.
Nos gusta mucho el arroz, aunque la fama se la lleven los chinos, nos gusta caldoso, con verduras, a banda, seco, con carne, tirárselo a los novios en las bodas, en empedrao, en la morcilla, con pescado,a la cubana, con marisco, a parte, al horno, con ali-oli, con costra, con garbanzos, con lentejas y hasta con leche…
Cada familia tiene sus reglas, leyes inquebrantables, que solo son transmitidas a un vástago/a de cada familia y éste o ésta deberá guardarlas con recelo hasta que elija a uno de sus descendientes, el más ducho, para confiarle su secreto más preciado. Es la espada sagrada que solo puede blandir el heredero más habilidoso.
La familia de mi mujer y por ende la mia, no iba a ser menos y cuenta la leyenda que el abuelo Paco podía hacer arroz hasta con una lechuga. Hoy el títo Paco (su hijo menor) es el que ha cogido la rasera sagrada y todos disfrutamos de tus arroces, por supuesto como el arroz de mi títo Paco ¡no hay ninguno!
La magia del arroz es que nunca se come solo y siempre que se hace arroz es para muchas personas y es motivo de reunión y se celebra siempre con alegría.
Por supuesto, una ley no escrita es que mientras el cuñao está haciendo el arroz, todos y cada uno de los comensales se acerquen birra en mano de uno en uno y mientras miran con condescendencia al arroz, le susurren al oído aquello de:
El arroz no se mueve jamás, lo sabes, ¿no?
La carne hay que tostarla bien, parece que está crudilla
Parece que le falta agua
No se te ocurra echarle cebolla
Lleva muchos jaleos, eso no se lo van a comer los niños
¿Has pelado el tomate?
Eso va a ser poco arroz, con todos los que estamos ¿no crees?
El pimiento verde va solo con la carne, ¿lo sabias, verdad?
Hay que sofreír primero el arroz
Uy, se ve muy aceitosillo
El agua hay que echársela siempre hirviendo
Parece que huele a quemaillo
¿No has tostado en azafrán?
El pimentón hay que echarlo al final que amarga
La medida son dos puñaos por cabeza
¿Qué le has echado al majaillo?
El agua, la que admita, te lo dice el mismo arroz…
Y es que para hacer el arroz hay que ser un elegido, un erudito, con nervios de acero y temple de artificiero… por eso…
¡NO VOY A ESCRIBIR NINGUNA RECETA DE ARROZ!
Os paso el testigo y os invito a que me mandéis vuestras recetas y asi todos podamos criticar, digo disfrutar de nuestras elaboraciones.
Mandad vuestras recetas a: fisiofgc@hotmail.com
LA IDEA. MI LEGADO MÁS PERSONAL.
Inquietudes y curiosidadesEstimados amigos y lectores como ya saben y si no se lo digo yo, ni soy cocinero ni escritor. Soy de los que han crecido en cocinas de encimera de mármol y botijo, a golpes de mano de mortero y bajándole el fuego al cazo de la leche, que tenía que subir tres veces antes de bebértela, o de que se la bebiera la magdalena de tenía que coger con las dos manos, siendo yo niño.
Mis primeros años de vida se desarrollaron bastante lejos de España, rodeado de nieve en invierno y viviendo en un pisito que tenía el cuarto de baño en las escaleras y un plato de ducha en la cocina.
Siendo muy niña, mi madre se tuvo que marchar a Alemania con mi abuelo. Mi padre, a su vez, salió del pueblo sin haber cumplido los dieciocho lleno de ilusión para hacer fortuna y vivir una aventura.
El destino quiso que la adolescente con coletas que salía del instituto conociera al rubio fuertecito subido en un andamio de bigote a lo Burt Reynolds. Y gracias a esta casualidad nacieron dos criaturas, mi hermana y yo.
De su paso por Alemania la familia González Collado trajo un sinfín de costumbres y manías que chocaban con el modo de vida en España en los ochenta. Por eso el regreso no fue precisamente un camino de rosas, sobre todo para mi madre, una mujer educada en el seno de la precisión y la puntualidad.
El tiempo todo lo cura aunque hay cosas que Maricruz no puede evitar como contar las croquetas y las albóndigas, o poner etiquetas a los bocatas cuando vamos a la playa.
Cuando todos vivíamos aún bajo el mismo techo mi madre cocinaba para todos recetas de nombres impronunciables como Rinderrouladen*, Rotkohl**, Kartoffelsalat*** y otras viandas germánicas.
*Rollos de carne de ternera rellenos de beicon y pepinillos
** Col lombarda salteada con manzana y cominos
***Ensalada de patatas cebolla y una vinagreta de mostaza
Ya en España yo era un niño que, aún a caballo entre dos culturas, gozaba partiendo magra en las matanzas al lado de mis tías, que pasaditas de kilos, lucían como nadie unos mandiles bien apretaillos a la cintura. Ellas, entre carcajadas sonoras, voceríos y alguna trifulca por la desaparición de algún cuchillo, aviaban las carnes y limpiaban las tripas con naranja y limón para después poder ser embutidas. Todo aquel tejemaneje, el olor de las especias y el aparente caos general me encantaba y me encanta.
Cuando tocó irse a estudiar fuera el Tupperware, era junto con los apuntes de una amiga, mis bienes más preciados. En Cádiz no podían faltar los cartuchos* de chocos fritos, puntillitas o el “casón” en adobo, acompañado de una litrona sentado en un banco en la Plaza de las Flores o en la Playa de la Victoria. Cuando venían mis padres aprovechaba para comer caliente y a mesa y mantel disfrutábamos de papas aliñás, tortillitas de camarones, hueva frita, en aliño o seca y guisos típicamente gaditanos como las papas con choco.
Por aquel tiempo y cuando se acababan los “taper” Paco se empezó a meter en la cocina con alguna que otra pifia como intentar hacer migas** en una olla, teléfono en mano recibiendo consejos de mi madre. Un desastre. Cuando más adelante explique cómo se hacen las migas recordarán con una sonrisa este comentario.
El trabajo me llevó a tierras transalpinas y fue allí donde definitivamente se despertó mi amor por la cocina. Mi solvencia económica y la de mi compañero de fatigas hicieron el resto. Bien podían habernos confundido, por entonces, con críticos culinarios de la Guía Michelín, pues no había restaurante, trattoria, osteria o café de interés en el que no pusiéramos los pies.
Allí entendí la importancia de la cocina en la cultura y la variedad de la misma según las gentes y los lugares y cómo un ingrediente tan sencillo como la harina de trigo puede dar tanto de sí hasta convertirse casi en el icono de la cocina italiana y por ende de la cocina del Mare Nostrum.
*Conos de papel de estraza, un papel que absorbe el aceite, para meter el pescado frito.
**Plato típico de la cocina almeriense a base de harina y agua que se prepara en una sartén o paila
También aprendí de los descendientes de Marco Polo que para que algo guste y se conozca hay que saber venderlo y en eso Italia es la reina. ¿Quién no conoce la mortadela, prima hermana de nuestro desconocido bull blanc catalán y del morcón de Serón o el venerado jamón de Parma, con todos mis respetos, un fiambre al lado de nuestros jamones de bellota. Y por supuesto la pasta. No me malinterpreten, los productos italianos son excelentes y tan variados que pasaríamos años sólo probando sus quesos, pero la tierra tira y desde aquí tengo que decir que los españoles somos un desastre en eso de vender lo nuestro a los de fuera. Es muy español eso de ¡que vengan ellos aquí a probarlo! Así luego nos luce el pelo.
De vuelta ya de Italia, el trabajo me iba llevando por lo largo y ancho de la provincia de Almería y mis amigos también buscaban su lugar en el mundo laboral.
La vida de estudiante pasó para todos los componentes de mi grupo de amigos y cada vez más disfrutábamos de las salidas los viernes a mediodía alrededor de una mesa alta o un rincón de barra llena de platos, sin parar de hablar con copa en una mano y tenedor en la otra. Siempre de pie, por supuesto, pues la charla es más amena y el toque de tenedor más preciso por lejos que este el próximo bocado.
Según un artículo del país semanal comer de pie atenúa en gran medida la sensación de saciedad incitando por tanto a una mayor ingesta de comida y bebida. Ahora empiezo a comprender porque a mis amigos y a mí nos gusta tanto comer apoyados en cualquier rinconcillo de barra de un bullicioso bar perdiendo la cuenta de las batallitas que nos contamos y las rondas que nos tomamos.
Estas jornadas de tapas solían convertirse al final en verdaderos maratones gastronómicas ya que después del obligado café y algunos digestivos, a veces más de los que la sed y la razón aconsejan, había que ir a cenar y después a bajar la cena con unas copitas y un poco de buena música…
Desde que empecé a quedar con mis amigos para comer en lugar de para hacer botellón (yo soy de esa generación) la comida para mí ha sido motivo de diversión, de disfrute y de alegría.
En estas reuniones el plato cae más o menos en el centro y se comparte. Un vaso lleno de tenedores, da la bienvenida al que llega más tarde y el último en llegar siempre tiene sitio.
Estos han sido los pilares sobre los que he orientado siempre mi forma de ver la gastronomía. Comer -que para mí ya es un placer- puede ser muy grato cuando se hace rodeado de quien tú quieres. Se trata de compartir momentos y vivencias, de hablar de nuestras cosas mientras el otro pincha un bocadito y de escuchar a boca llena lo que te cuenta un amigo. No tengo que decir que el vino suelta la lengua y una vez calmado el hambre, no hay secreto que se resista, después de un par de rondas.
En este libro van a encontrar pocos platos que no se puedan compartir, recetas que permitirán también comer con las manos o utilizar un trozo de pan a modo de cuchara.
Siempre me ha asombrado que haya tantas comidas de cuchara hechas usando solo una olla, parece cosa de magia. Incluso una misma receta cambia enormemente dependiendo de las manos que la elaboren. Por eso no me puedo olvidar de los guisos, pucheros y potes que sientan tan bien en los días de frio.
Aún recuerdo cuando era muy fácil desayunar en Almería y comer en Cádiz o brindar con una pinta en el aeropuerto de San Javier (Murcia) y cenar después en Bolonia (Italia). Cada vez son menos frecuentes las escapadas espontáneas, en las que disfrutar de esos guisos, pucheros y potes a los que hacía referencia en el párrafo anterior. Por el contrario, ya no comparto con mi hermana el dormitorio ni tengo que abatir la cama para poder jugar y vivo feliz con mi mujer y mis niñas y campando a mis anchas en mi propia cocina. Así que también me aventuraré con las ollas y el cucharón de palo.
Encontrarán en esta web muchos platos tradicionales, inevitable reflejo de mis raíces andaluzas. Sin embargo, no pretendo hacer una guía del buen comer almeriense ni desearía caer en localismos. Pretendo plasmar la influencia que ha tenido en mí la cocina a lo largo de mi vida y de cómo he acomodado las recetas a mi gusto quitando por aquí o añadiendo por allá hasta conseguir poner de acuerdo a mi imaginación con mis papilas gustativas.
Cuando pruebo algo que despierta mi curiosidad culinaria, empiezo a procesar lo que estoy viendo, oliendo y degustando. Observo cada detalle e intento adivinar los ingredientes que lo componen, casi como en un juego, disfruto paladeando y me entusiasma encontrar el ingrediente perdido y como en un rompecabezas todo tiene ya sentido. En ocasiones hago el ejercicio a la inversa, es decir voy construyendo un plato imaginado como quedarían mezclados los sabores que tengo en mi cabeza. A veces consigo combinarlos con acierto y otras veces el cubo de latón de mi cocina se da un atracón de mi ensayo de alquimia.
Los productos de mi despensa no son nada especiales en cuanto a precio se refiere, pero sí que lo son por su frescura, la temporada del año en que se recogen o la manera correcta de sacarles lo mejor a cada uno. No quiero decir con esto, que los ingredientes caros no sean buenos pero muchas veces los baratos lo son porque aún nadie los compra y no son apreciados por la mayoría. Por ejemplo, el Gallo Pedro. Un animalito que antaño devolvían al mar los pescadores por parecer más un monstruo marino salido de una novela de Verne, que un pez comestible. Pues bien, hoy en día es un pescado que tiene un precio desorbitado, ya que si desechamos su huesuda cabeza (que solo se puede chupar) y su enorme raspa nos quedan unos estrechos medallones de escasa carne aunque de delicioso sabor. Hasta dicen de él, que la mancha que tiene a cada lado de su cuerpo son las huellas dactilares que dejó en él San Pedro al sacarlo con la mano del agua… ¡lo que hay que hacer para vender “pescao”! Y con la carne más de lo mismo. Chuletón, solomillo y lomo. Y qué hay del churrasco, la entraña, el codillo o la magra, por no hablar de la casquería, todo un mundo de sabores y texturas diferentes, si somos capaces de olvidar su nada noble origen.
La cocina a la que hago referencia es algo más que saciar el hambre de cosas ricas. El alimento se come primero con la vista y después con el olfato. Se paladea su textura, se valora su temperatura y se saborea, se mastica y por último se traga. Es cierto que el fin último es comer, pero en el camino recorrido por nuestros sentidos para conseguir tal fin, estará la diferencia entre alimentarse o divertirse degustando.
Emplatar, que no es otra cosa que poner la comida en un plato, se convierte entonces en todo un arte. Para eso no hace falta hacer una torre de boquerones fritos, o dibujar con balsámico de Módena sobre una ensalada.
La materia prima debe ser sin duda la protagonista, presentada con sencillez y sin artificios. Un plato puede quedar recargado si en él se incluyen varios ingredientes de importancia o si aparecen demasiados colores o texturas diferentes, dando un aspecto indigesto y nada apetecible.
La elaboración de dibujos o estructuras en un plato corre un alto riesgo, la sensación de manipulación. Si se hacen deben quedar extremadamente pulcros con trazos limpios y sin marcas de correcciones. Yo prefiero no hacerlos porque al final el plato queda peor que una milhojas de merengue en manos de un niño.
Otro punto importante es cuanto llenar un plato. Esto va a depender del alimento pero como norma general no se deben colmar pues la vista queda saciada por la abundancia y normalmente disminuye el apetito. Siempre hay excepciones y una de ellas son las patatas fritas con huevos. Plato que sirvo siempre bien colmado a modo de colina tapizada de huevos fritos. Una gozada que no deja indiferente a nadie.
Desde el origen del hombre la búsqueda de alimentos ha sido fundamental para sobrevivir. Cocinarlos además suponía poder comer muchos más alimentos que crudos resultaban duros o de sabor desagradable. Por tanto en la antigüedad un buen cocinero era aquel que se las ingeniaba para hacer comestibles un mayor número de alimentos recolectados o cazados con los que poder llenar la tripa del resto de los hambrientos comensales.
Un toledano de adopción, natural de Algeciras me enseño la economía, la mesura, la paciencia y la sencillez en la cocina. Gracias Antonio. Cada vez que nos juntamos me sorprende con un plato nuevo que no es más que la reducción al absurdo de alguna receta que yo llevo meses perfeccionando, simplemente genial, así es Antonio. Hace un tiempo me regaló un bacalao salado ya troceado y yo al verlo me sorprendí, pues habían echado también la cola, la cogí y casi con un gesto de desprecio le dije, pero ¿qué voy a hacer con esto? Y Antonio con aire solemne acariciándose suavemente la barriguita me dijo en un suave tono, inconfundiblemente gaditano.., ¡chiquillo pues haces un caldito! Amén.
CERVECERIA ALCÁZAR. LA PARROQUIA DE BOQUITA DE CURA.
Bares y restaurantesCERVECERIA ALCAZAR
Cada vez que voy al Alcázar, se me escapa un suspiro de nostalgia recordando los viejos tiempos, cuando podías tocar la plancha desde la barra y Pepe te recibía con un: “¿que passa niñooo?, buenah nosheee” con la efusividad que lo caracterizaba, apurando impasible su ducados para seguir atendiendo las mesas.
El bar tenía dos puertecitas que más que la entrada a un bar parecían las puertas traseras de un bingo. La barra de acero inoxidable era la protagonista del bar y se prolongaba hasta el corner que daba paso a un anchuroncillo con un par de mesitas.
Los techos eran bajos y desde la barra a la pared de enfrente se formaba un pasillo en el que formar una tercera fila para pedir solo estaba al alcance de aquellos dispuestos a la cañica en mano y paso atrás. El baño estaba en la segunda planta, por llamarla de alguna manera o la planta uno y medio como en la película “Cómo ser John Malkovich”.
Se accedía subiendo una escarpada y minúscula escalera a la derecha de la barra. Hasta yo juraría que la taza del wáter estaba inclinada, aunque nunca he subido sobrio a ese baño…
El Alcázar era el punto de encuentro de las juergas nocturnas, allí empezaba todo y se planeaba la noche. Años de juergas sin parar que empezaban los jueves o incluso algún miércoles tontillo y se prolongaban todo el fin de semana.
Antonio,
testigo silencioso de sonrisa traviesa y mirada cómplice, manejaba la plancha con una mano y la freidora con la otra. Gambillas fritas, mejillones a la plancha, almejas, boquerones a la plancha, jibia, atún, croquetas caseras con tropezones con ese toque tan característico a nuez moscada y todo un sinfín de raciones de pescado de temporada y mariscos. Domingo, el encargado, siempre estaba atento, serio, educado y con mucha presencia. Su bigote de Charles Bronson no podía esconder su buen fondo y su pasión por el buen trato y la buena cocina.
Desde el corner,
que era donde nosotros nos poníamos, casi se podía tocar la plancha y era la zona más espaciosa del bar ya que justo detrás estaban las mesas y cuando venía alguien con ganas de silla, se podía sentar aunque los demás siguiéramos en la barra.
Sentarse en el Alcázar era como ir al gallinero en el teatro pudiendo estar en primera fila del patio de butacas. Otra cosa era sentarse en las mesas de fuera a cenar como señores.
En una ocasión por lo visto vinieron a comer una colla de obreros de la construcción a celebrar el fin de obra (esto lo supimos porque le aplicamos el tercer grado a Antonio desde la esquina de la barra y mientas el cocinaba, nosotros le freíamos la oreja).

Jamás he vuelto a ver cigalas más grandes en mi vida, tenían las pinzas como Popeye y los cuerpos como mis antebrazos.
Antonio hizo un calamar a la plancha entero que parecía un torpedo de la segunda guerra mundial y lo hizo anillas con precisión de cirujano. Domingo peló un mero tan grande que salió con la piel del bicho en la mano preguntándonos si nos queríamos hacer un bolso con ella. Las bandejas no paraban de salir y los parroquianos aplaudíamos al verlas con su guarnición de patatas fritas de las gordas y tirillas de pimientos. Menudo banquete se pegaron los obreros… no he vuelto a ver una cosa así en lo que a marisco y pescado se refiere.
Una Semana Santa, en pleno bullicio apareció en el bar un repartidor con una caja enorme de corcho, Domingo que es un tío listo y le gusta provocar, abrió la caja y para asombro de todo el bar, estaba llena de langostinos vivos que daban saltos de la caja dejándonos a todos boquiabiertos.
Hoy las cosas han cambiado para bien, sobre todo para ellos. Domingo y Antonio, grandes personas a las que les tengo un gran afecto, ahora regentan ambos un bar moderno mucho más grande y con unas condiciones de trabajo mejoradas y yo me alegro mucho por ello. Las tapas siguen siendo las mismas y la calidad y frescura tienen el sello del Alcázar, pero el sabor y el cariño impreso de aquel viejo Alcázar se queda en el recuerdo de los que lo vivimos…

EL HÁBITO NO HACE AL MONJE. VINO EN BAG IN BOX
Queso y VinoNo siempre es oro todo lo que reluce ni como he dicho antes, el hábito hace al monje. Una botella de cristal no siempre garantiza un vino excelente y como en este caso, el envase de cartón tiene mucho que decir.
Rebuscando en internet encontré esta bodega, que dicho sea de paso, tienen una atención al cliente estupenda, a sabiendas de lo pesado que soy yo por teléfono.
(Yo siempre llamo a la bodegas aunque haga la compra por internet y los frío a preguntas)
La señora que me atendió con su marcado acento maño no dudo en darme toda clase de detalles de sus vinos con una paciencia infinita.
Compré 10 litros de vino 5 de un cosecha y 5 del roble. Ambos son de la añada pasada 2018 que en un tinto bien conservado ayuda a suavizar matices y a afinar el vino. Están elaborados en su mayor parte con uvas merlot y cabernet sauvignon, ambas uvas muy nobles, sobre todo viniendo de Somontano lugar donde estas variedades dan lo mejor de si mismas. Para completar la elaboración tienen en menor medida también tempranillo y garnacha.
Me llamó la atención que hubiera una bodega de Somontano que envasara en bag in box, ya que es una denominación de origen que brilla por la calidad de sus vinos y el trabajo bien hecho y es que no olvidemos que grandes bodegas españolas como ENATE o VIÑAS DEL VERO pertenecen a esta denominación de origen.
No me equivoqué ya que los vinos están super ricos, el cosecha es todo fruta algo madura pero le da un ligero matiz dulzón que engancha nada más probarlo. Es verdad que en nariz se queda algo corto y no se aprecian grandes matices pero tiene una entrada fácil y un beber muy pero que muy agradable. Es un vino desenfadado que se puede beber en chato alternando con los amigos.
El roble es muy parecido aunque es más cálido y sobresale la madera tostada. Ese toque de madera le aporta aún más suavidad aunque es algo más denso en boca. Tiene un beber más pausado y recuerda a los vinos de tonel de antaño con un toque abocado.
Yo personalmente los mezclo en una botella de litro echando mitad y mitad (coupage boquita de cura) y me pongo tibio de vinaque del bueno por menos de 3 euros el litro. ¡Una compra acertadísima!
MI ANIMAL PREFERIDO, EL PULPO A FEIRA.
Carnes y pescadosEn mis ratos de buceo por las orillas rocosas y espigones asoman a veces tímidos a la puerta de sus hogares. Los pulpos son como decía mi abuela mucho de aparentar. Si los coges infraganti fuera de casa paseando por la arena enseguida abren y separan sus ocho patas y sacan pecho llenando su cabeza de agua pareciendo así mucho más grandes y es que claro, todo por el que dirán. Si los pillas en casa, en cambio, los encontraras siempre colocando cuidadosamente su colección de piedras de colores y conchas alrededor de la entrada y es que una casa bonita dice mucho de uno.
Incluso una vez pasaba yo por casa de un pulpo y no le debí de hacer mucha gracia porque de inmediato saco una patita busco la concha más grande que tenía a su alcance y se la puso por sombrero. Con aquello di por finalizada la visita y me fui.
Pulpo a feira*
*Llamado así en Galicia al pulpo a la gallega por ser el que se prepara en las fiestas locales.
Se ha dicho mucho de cómo cocer el pulpo y más aún de que hacer para que este tierno.
En este caso el tamaño sí que importa. A mayor tamaño más rico. Lo ideal sería un pulpo de unos dos o tres kilos ya que más grande no coge en una olla de uso doméstico.
Para que el pulpo este tierno nada mejor que meterlo en el congelador unos días y después descongelarlo de forma gradual. Antes de congelarlo conviene limpiarlo. El proceso es muy sencillo, se mete una mano detrás de la cabeza como un ventrílocuo a su marioneta y se le da la vuelta como un calcetín. Eliminamos todas las vísceras y lo pasamos por el grifo. Por rizar el rizo podríamos utilizar agua de mar para lavarlo, o como hacen los pescadores lavarlo en la misma orilla de la playa. Para cocerlo no será necesario eliminar ni los ojos ni la boca.
Es curioso pero la boca del pulpo es muy parecida al pico de un loro. Y ¿Qué ha hecho que estos dos animales tan dispares tengas una boca casi idéntica? La naturaleza no deja nada al azar y así como los loros son unos expertos peladores de pipas sus homónimos marítimos son grandes degustadores de moluscos bivalvos como almejas, berberechos y mejillones, unas pipas bastante más “duras de pelar”.
Volviendo a la cocina, el motivo de que el pulpo se congele es bien sencillo o no. En una ocasión una veterinaria me explico por qué los cefalópodos, como el calamar, la jibia o el pulpo, están más tiernos después de ser congelados. No sucede así con la carne que se vuelve más dura y seca. Al parecer el agua contenida dentro de las células, al congelarse aumenta de tamaño rompiéndola. En el caso de los cefalópodos su estructura corporal impide que el agua, a pesar de salir de la célula, salga de sus tejidos. Esto hace que resulten mucho más tiernos. Sin embargo, la carne al descongelarse sí que pierde parte de su agua intracelular con lo que al cocinarla queda reseca y dura. Podemos mitigar en parte este problema congelando la carne en grandes piezas sin trocear, envueltas en papel transparente o al vacío.
Una vez descongelado pasaríamos a la cocción. Ponemos a calentar agua con una pizca de sal en una olla con espacio suficiente para el pulpo. Cuando el agua rompa a hervir echamos el pulpo en la olla, lo dejamos unos segundos y lo volvemos a sacar. Yo suelo sacarlo metiendo un cucharón de palo en la cabeza, ya que es como una capucha. La tradición dice que repitamos la operación tres veces antes de dejar el pulpo cociendo. Esto se hace para que la piel se encoja pegándose al pulpo y evitando así que se caiga al trocearlo. El tiempo de cocción dependerá del tamaño, pero para un pulpo de dos kilos bastarían unos veinte minutos. Para no pasarnos de cocción, usando un palillo de madera, vamos pinchando el pulpo que estará listo cuando tenga una textura gomosa y aún nos ofrezca un poco de resistencia al pincharlo. Es en ese momento cuando debemos apagar el fuego y dejar reposar el pulpo en su propia agua de cocción al menos media hora. Para servirlo lo sacamos con cuidado y cuando esté tibio lo cortamos con unas tijeras afiladas y lo presentamos en un plato preferiblemente muy plano, para que el aceite no se acumule en el centro. El aliño es muy sencillo si se sigue el orden correcto. En primer lugar aceite de oliva, después sal gorda y por último pimentón. A mí me gusta usar pimentón picante de la Comarca de la Vera (Cáceres). El orden es así no por capricho y es que si el aceite se vierte en último lugar arrastra consigo la sal y el pimentón quedando todo mezclado y en el fondo del plato. También se pueden cocer unas patatas con la piel y una vez peladas hacer una base sobre la que poner luego el pulpo. Si lo hacemos así, las patatas deben aderezarse antes de colocar sobre ellas el pulpo, usando el mismo orden, aceite, sal y pimentón.
Para saborear mejor el pulpo aconsejo usar siempre palillos o tenedores de madera.
Las partes menos vistosas del pulpo como la cabeza y las zonas próximas a la boca no se suelen usar para servir el pulpo a feira pero son perfectas para usarlas troceadas en ensaladas o a la vinagreta.
Esta receta tal y como está escrita aquí es como yo hacía el pulpo antes de pasar por Melide (A Coruña) y conocer a Ernesto natural do Carballiño, tercera generación de pulpeiro. Así me dijo que lo escribiera mientras charlábamos de este libro apoyados en la barra de su pulpería.
Melide era una de mis paradas previstas durante El Camino de Santiago y aunque andaban ya escasas las fuerzas, gracias a la compañía de tres amigos Guille de Ayegui (Navarra) José y Carlos de Irún (Guipúzcoa) pude acabar felizmente, lo que empecé con mi bici en Roncesvalles, aquel septiembre inolvidable.
Las variaciones de mi receta siguiendo los sabios consejos de Ernesto serían en primer lugar comprar un buen pulpo. Al parecer el pulpo debe rondar los dos kilos o algo menos ya que “mais grandes son vacas viejas”, ideales para adornar vitrinas de marisco en Santiago y nada más. En segundo lugar es necesario darle un corte al pulpo justo entre las patas hacía la parte posterior de la cabeza para que después no se enrolle al cocerlo.
Por último nada de meter y sacar meter y sacar, esa técnica no es para cocer pulpos… el pulpo se echa cuando el agua esté hirviendo y punto. Después se deja cocer unos 15 o 20 minutos y se deja reposar apartado del fuego tanto tiempo como sea necesario para que quede tierno. Para ello Ernesto saca el pulpo de la olla con un gancho y lo tantea con los dedos. Yo no me siento tan preparado y uso un palillo de madera con el que lo voy pinchando. En cuanto a la forma de aliñarlo a Ernesto le gusta el pimentón murciano y el aceite por encima y a mí el de Cáceres y el aceite por debajo. Prueben ustedes mismos.
¿CUÁNDO HAY QUE COMPRAR LOS VINOS?
Queso y VinoY pensaréis, pues cuando va a ser… en cuanto la abstinencia me haga sudar y me empiece a temblar el pulso, que preguntas…
Para tomar el vino en perfectas condiciones organolépticas y podamos disfrutarlo en su plenitud, hay que tirar de calculadora y conocer los plazos en el proceso de elaboración. La vendimia suele empezar en septiembre y los vinos se maceran, se fermentan y se trasiegan para después dejarlos reposar para que decanten y hagan la segunda fermentación maloláctica (los tintos). Después, algunos se dejan unos meses sobre sus lías (blancos y rosados) o se pasan a barricas, foudres, tinajas de cemento… y por último se embotellan y tienen que dejarse reposar de la paliza que han recibido y el vino termine de afinarse antes de poder disfrutarlo.

Y… los primeros vinos del año son:
¡LOS TINTOS DE MACERACIÓN CARBÓNICA!(una elaboración muy particular que acelera el proceso). Bodegas Fariña saca su Primero la tercera semana de noviembre, es decir, solo dos meses después de la vendimia, simplemente, ¡espectacular!
Los vinos blancos jóvenes suelen estar listos al final del año y con suerte en Navidad ya podemos disfrutarlos.
Los blancos más complejos y más densos en boca suelen necesitar unos meses sobre sus lías y la mayoría están listos en primavera. Bodegas Inurrieta siempre tiene su Orchiquea antes de primavera.

Los rosados jóvenes suelen estar para San Sabastian el 20 de enero. (También hay rosados sobre lias…que lio)
Los tintos jóvenes sin madera siempre disponibles después de Semana Santa, ya que hacen una segunda fermentación y a partir de aquí calculadora.
Por ejemplo:
Un crianza de Rioja para salir al mercado tiene que estar en su tercer año, habiendo pasado 1 año en barrica. Es decir; en septiembre de 2017 se vendimió y en primavera del 18 entro en la barrica saliendo en 2019 embotellándose y esperando para ser bebido en 2020.
Los reservas y grandes reservas necesitan un periodo un poco más largo para poder consumirlos en su momento óptimo.
Esto que parece una tontería es muy importante saberlo ya que hay bodegas que lanzan al mercado vinos que por así decirlo aún están verdes y les falta tiempo en botella.
Como bodegas finca Villacreces que aprovechando el décimo aniversario de su superventas ha lanzado una edición especial de Pruno 2018 crianza y es imposible que sus taninos se hayan redondeado. Una buena oportunidad para comprarlo a buen precio, guardarlo y beberlo… el año que viene.












